El ser humano se empeña en permanecer. Para asegurar su subsistencia se aferra a creencias religiosas. Se dice que la trascendencia está en asuntos tan sencillos como escribir un libro, tener un hijo o sembrar un árbol. Yo creo que es mejor dejar ejemplo a los demás de ser distinto. No me refiero a bueno o malo, sólo a ser distinto. Lo diferente suelo dejar huella indeleble que, al menos, en tres generaciones, permanece en memoria. Lo vulgar, digo común, se olvida pronto. Tal vez de ahí nazca la maldad de algunos que, viendo debilidad ser mejores, toman el camino menos costoso de ser malos malísimos. El caso es ser diferente.
Mientras que la humanidad parece tener un empeño severo y verdadera necesidad de transcender, yo no lo siento como algo tan necesario ni imprescindible. Para mí es una necedad más del comportamiento humano. Una vanidad de perfección tan extendida que propicia el crecimiento de las religiones. Si nos fijamos todas prometen otra vida postrera porque, claro, resulta aplastante y desmoralizador reconocer que todo acaba cuando la respiración cesa.
Como se puede entrever, en lo tocante a religión, comparto el pensamiento de don Antonio Machado: “estoy en el secreto, todo es nada” y mi posibilidad de trascender se limita a estos escritos, a otros publicados y a un libro en trance de elaboración que, si acabo, tal vez, por humildad franciscana, no edite. No quisiera que mi vanidad superara a mi razón.
Esto no significa que ignore las religiones o menosprecie a sus seguidores. Siempre me interesó la Historia y, por otro lado, cada cual es libre de creer según su conveniencia o convicción, pero no pretendan redimirme y déjenme morir con mi aliento. Sólo seré trascendente si los que me sobreviven lo consienten.
Somos demasiado pequeños para considerarnos importantes.

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